
Hay países que cambian de presidente. Y hay países que cambian la Constitución para no tener que hacerlo.
El Salvador acaba de decidir, o mejor dicho, alguien decidió por él, a cuál de los dos grupos pertenece.
La noticia llegó, como tantas otras decisiones que han redefinido el rumbo del país en los últimos años, no de la boca del propio protagonista, sino de un mensajero de confianza. Xavi Zablah Bukele, primo del mandatario y secretario general de Nuevas Ideas, escribió apenas dos palabras que bastaron para encender la conversación en todo el continente: «Estamos listos». Con eso quedó formalizada la precandidatura de Nayib Bukele para un tercer mandato presidencial, rumbo a las elecciones generales de febrero de 2027. A su lado, en el mismo trámite, se inscribió también el vicepresidente Félix Ulloa, que no tardó en soltar la frase que probablemente resuma mejor que cualquier análisis político lo que está ocurriendo: «Décadas y siglos de sueños frustrados comienzan a ser realidad».
Suena a promesa. Suena, también, a algo distinto.
Porque para entender cómo un presidente que asumió el poder por primera vez en 2019 puede aspirar hoy a gobernar hasta 2033, hay que rebobinar la película hasta julio del año pasado. Fue entonces cuando los aliados de Bukele en la Asamblea Legislativa —un Congreso que su movimiento controla con una comodidad que ya ni siquiera disimula— aprobaron una enmienda constitucional con dos efectos quirúrgicos: acortar el mandato en curso, iniciado en 2024, y abrir la puerta a que el actual presidente pudiera postularse de nuevo a partir de junio próximo. De paso, eliminaron la prohibición constitucional que impedía la reelección indefinida. No una reforma que le permitiera intentarlo una vez más. Una reforma que le permite intentarlo todas las veces que quiera.
¿Es esto un fraude a la democracia o es la democracia funcionando exactamente como una mayoría aplastante decidió que funcionara? Ahí está la pregunta incómoda que nadie quiere hacerse en voz alta en San Salvador.
Porque hay un dato que ningún crítico de Bukele puede ignorar sin quedar en ridículo: el hombre es, hoy, uno de los presidentes más populares del planeta. Y no por casualidad ni por manejo mediático. Desde que en 2022 entrara en vigor el régimen de excepción —esa suspensión de garantías constitucionales que convirtió a las pandillas en fantasmas de un pasado reciente— los homicidios se desplomaron de una manera que hace apenas una década habría sido pura fantasía. Ese es el capital político real con el que Bukele, que cumplirá 45 años este julio, se presenta ante las urnas: no promesas, sino calles donde ahora se puede caminar de noche.
Y sin embargo. Siempre hay un «y sin embargo».
El propio Bukele, curiosamente, no ha dicho una sola palabra pública sobre su propia candidatura. Dejó que fuera su primo quien lo anunciara. Dejó que fuera su vicepresidente quien hablara de «sueños frustrados» que finalmente se cumplen. El protagonista de la historia guarda silencio mientras su círculo más cercano construye el relato por él. No es la primera vez: en diciembre ya había dejado caer, casi de pasada, que estaría «abierto» a permanecer en el cargo una década más. La frase pasó casi desapercibida entonces. Hoy se lee distinto.
¿Qué significa gobernar un país durante catorce años consecutivos en pleno siglo XXI, cuando el resto del continente sigue debatiendo si dos mandatos ya son demasiados? ¿Qué significa que la seguridad, ese bien tan escaso y tan añorado, se haya convertido en la moneda con la que se compra la permanencia indefinida en el poder? El Salvador no es el primer país que hace esta transacción. Tampoco será el último. Pero sí podría convertirse en el ejemplo de manual que estudiantes de ciencia política citarán dentro de veinte años para explicar cómo una democracia se reforma a sí misma hasta dejar de parecerlo.
La votación será en febrero de 2027. Falta tiempo, sí. Pero la maquinaria ya está en marcha, y en El Salvador, cuando la maquinaria de Bukele se pone en marcha, la historia reciente enseña que rara vez se detiene.
Así que la pregunta que queda flotando no es si Bukele ganará. Probablemente lo hará. La pregunta es otra, más incómoda, más nuestra:
¿Cuánta libertad estamos dispuestos a ceder a cambio de sentirnos seguros, y quién decide cuándo ese intercambio deja de tener sentido?
Te leo en los comentarios.
Fuente: El País, «Bukele inscribe su precandidatura para un tercer mandato en El Salvador» (29 de junio de 2026). Consulta la nota completa aquí: https://elpais.com/america/2026-06-29/bukele-inscribe-su-precandidatura-para-un-tercer-mandato-en-el-salvador.html
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