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Autor: X Mae | Publicado: 4 de julio de 2026

La revolución que sonaba a tambor: cómo la música derrocó a un dictador en Sudán

No fueron las balas las que derribaron al dictador de Sudán: fue un tambor. La historia silenciada de cómo la música construyó una revolución.

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Hay una escena que casi nadie recuerda cuando piensa en Sudán hoy. No hay disparos, no hay convoyes militares, no hay titulares de guerra. Hay, en cambio, miles de personas bailando frente al cuartel general del ejército en Jartum, durante semanas, al ritmo de tambores doolka y sintetizadores lo-fi. Alguien, en algún momento de 2019, bautizó ese campamento como el festival de arte más grande que Sudán haya visto jamás. Y ese festival, no las armas, fue lo que terminó por derribar a uno de los dictadores más longevos de África.

La guerra que estalló en abril de 2023 entre las Fuerzas Armadas de Sudán y las Fuerzas de Apoyo Rápido ha eclipsado casi por completo lo que pasó cuatro años antes. Pero ignorar 2019 es perderse la parte de la historia que en realidad importa para pensar qué viene después de la guerra: cómo un pueblo, sin armas, construyó durante décadas la infraestructura emocional de una revolución, nota por nota.

El sonido como acto de guerra silenciosa

La idea de que la música es solo el decorado de una protesta —el fondo musical mientras ocurre lo «serio»— no resiste el caso sudanés. La música en Sudán no acompañó al movimiento que sacó a Omar al-Bashir del poder: lo construyó. Durante décadas, esas canciones fueron cultivando el resentimiento antigubernamental y tejiendo las redes y comunidades que, cuando llegó el momento, sostuvieron la revolución.

Esto no empezó en 2019, ni siquiera con Bashir. La música sudanesa lleva entrelazada con la resistencia popular desde la época colonial, y después, tras la independencia de 1956, contra cada nuevo despotismo que llegó a reemplazar al anterior. Los himnos patrióticos de los años sesenta y setenta ya cargaban un mensaje incómodo para cualquier gobierno: que el país lo construía la gente, no el Estado. Como recordaba un aficionado a la música que en esa época era apenas un adolescente, había diferencias sobre qué sonaba bien, pero si hacías música, ya estabas, de alguna forma, contra el gobierno.

Cuando prohibir la música solo la hizo más fuerte

Un régimen tras otro intentó aplastar esa creatividad. Leyes de censura, intimidación sistemática a artistas, conciertos que solo podían celebrarse en secreto dentro de casas particulares —y ni así estaban a salvo: una unidad de vigilancia moral los interrumpía con regularidad. Muchos músicos populares terminaron exiliándose.

Pero aquí está la parte que casi nadie cuenta bien: ese exilio no debilitó la resistencia. La paradoja es que el desplazamiento de músicos, productores y fanáticos bajo el régimen de Bashir terminó fortaleciendo redes sociales transnacionales. Los artistas grababan afuera y la música volvía a circular hacia las comunidades dentro de las fronteras sudanesas. Esas mismas redes, forjadas en el exilio, fueron las que después sostuvieron la revolución de 2019.

Lo que las canciones del levantamiento revelan sobre quién quería cambiar realmente el país

En el sit-in de 2019, los manifestantes no eligieron cualquier repertorio al azar. Rescataron himnos tradicionales sudaneses, clásicos del hip-hop y canciones pop contemporáneas para cantar todos juntos. Pero no todos los himnos revolucionarios eran políticos en su letra, y ahí es donde la historia se pone más interesante —y más incómoda para cualquiera que crea entender de qué trataba realmente esta revolución.

En décadas de autocracia patriarcal, cantar abiertamente sobre política era mucho más riesgoso para una mujer que para un hombre. Por eso géneros liderados por mujeres, como el tumtum y el aghani albanat, se centraron históricamente en el romance y la vida cotidiana, acompañados de palmas y el tambor doolka. Entre los círculos artísticos más «serios», estos géneros vocales y percusivos siempre fueron vistos como artísticamente inferiores frente a géneros dominados por hombres, como el haqeeba, que exige dominar el oud, un instrumento de cuerda mucho más técnico.

Y sin embargo, en 2019, fueron precisamente el tumtum y el aghani albanat los que sonaron con fuerza entre los manifestantes. No porque sus letras fueran políticas —no lo eran— sino porque representaban algo igual de subversivo: la simple obstinación de mujeres que siguieron creando y actuando pese a décadas de restricciones estatales sobre la creatividad femenina. Que la sociedad sudanesa celebrara esos géneros durante la revolución fue, en sí mismo, un mensaje político sobre una apertura cultural hacia la creatividad femenina que el Estado había reprimido durante años.

El género que nació en los márgenes y terminó marcando el ritmo de la revuelta

A comienzos de la década de 2010, en los barrios pobres y periféricos de Jartum, nació un nuevo género llamado zenig. Toma su base rítmica del tumtum y la mezcla con teclados retro, sintetizadores lo-fi y voces improvisadas. Es, literalmente, una invención jartumí, deliberadamente desafiante frente a las jerarquías conservadoras de género y clase.

Antes de la revolución, el zenig era conocido en Jartum como la música de los marginados, de los «de afuera». En 2019, se sumó a la cacofonía de sonidos del plantón. Un manifestante recordó que su estilo rítmico acelerado funcionaba especialmente bien para energizar a las multitudes, y era en los círculos íntimos y los pequeños escenarios donde los amigos bailaban juntos donde más se escuchaba.

Lo que esto significa cuando la guerra ya no deja lugar para la música

Al elevar el liderazgo femenino dentro de la música revolucionaria, los sudaneses no solo estaban tarareando canciones pegajosas: estaban negociando, casi sin decirlo, cómo querían que fuera la sociedad que vendría después. Una con más lugar para las mujeres, no solo como espectadoras, sino como precursoras creativas y políticas. La inclusión de géneros como el zenig en el plantón de 2019 demuestra que esta revolución nunca fue únicamente sobre cambiar de régimen. Para buena parte de la juventud sudanesa, era también la expresión de un anhelo mucho más amplio: voltear las relaciones de poder que sostenían a toda la sociedad.

Ese 2019 fue un momento único de apertura, experimentación y construcción de futuro, todo facilitado por la música.

Hoy, la guerra ha interrumpido esas negociaciones sociales tan importantes. El movimiento de resistencia y sus músicos han sido desplazados dentro de Sudán y hacia centros regionales como El Cairo y Nairobi. Muchos, trágicamente, han perdido la vida. Algunos siguen en Jartum, contra todo pronóstico, haciendo música que insiste en tener esperanza.

La pregunta que queda flotando

Si una dictadura de décadas pudo ser desgastada, año tras año, por canciones que sonaban en casas clandestinas y plazas ocupadas, ¿qué dice eso sobre el poder real que tiene la cultura frente a las armas? Y más urgente todavía: cuando termine esta guerra, ¿alguien estará escuchando lo suficiente a los músicos que quedaron para reconstruir, otra vez, la banda sonora de un país que empieza de nuevo?

¿Tú crees que la música puede seguir siendo hoy una herramienta real de resistencia política, o esa idea ya quedó reducida a un símbolo romántico del pasado? Dejanos tu opinión en los comentarios.


Fuente: Este artículo está basado en el análisis original publicado en The Conversation, «The rhythms that broke Bashir: how Sudan’s music shaped a revolution», que recoge una investigación académica basada en entrevistas con manifestantes y músicos sudaneses.