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Autor: X Mae | Publicado: 29 de junio de 2026

Venezuela no murió por el terremoto. Murió por lo que construimos antes de él.

Más de 500 personas fallecidas. Edificios derrumbados como castillos de naipes. Y una pregunta que nadie quiere responder: ¿esto era evitable?

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Había un edificio en pie. Luego hubo dos terremotos. Y después no había nada.

Así de simple —y así de brutal— fue la secuencia que sacudió a Venezuela en cuestión de horas. Dos sismos poderosos, uno detrás del otro, dejaron más de 500 muertos, cientos de heridos y equipos de rescate excavando entre escombros en busca de voces que todavía respondían. Las imágenes llegaron al mundo entero: bloques de concreto apilados como tortitas, fachadas enteras tragadas por el suelo, barrios enteros convertidos en polvo.

Pero hay algo en esas imágenes que va más allá del desastre natural. Algo que los ingenieros ven y que el resto de nosotros no siempre sabemos nombrar.


El suelo habla. ¿Alguien escucha?

Venezuela no es un secreto geológico. Cualquiera que consulte el Mapa Global de Peligro Sísmico de la Global Earthquake Model Foundation —una herramienta pública, disponible para cualquier gobierno, arquitecto o planificador urbano— puede ver con claridad que este país está ubicado en una de las zonas sísmicamente más activas del continente. No es una sorpresa. No fue una advertencia nueva.

Raffaele De Risi, profesor asociado de ingeniería civil en la Universidad de Bristol, lo explica con una honestidad que incomoda: el número de colapsos no responde a una sola causa. Responde a varias, acumuladas durante décadas. La edad de los edificios. El tipo de construcción. El nivel de mantenimiento. La composición del suelo, que puede amplificar las ondas sísmicas cuando pasan de roca dura a tierra blanda —un fenómeno conocido como amplificación local— y que multiplica la violencia del movimiento en la superficie.

Y luego está el dato que pocos mencionan: ambos sismos fueron superficiales. El principal, especialmente. Cuando un terremoto ocurre cerca de la superficie terrestre, su energía no tiene tiempo ni espacio para disiparse antes de llegar a lo que está encima. Llega concentrada, feroz, directa. Como un golpe con el puño cerrado en lugar de uno con la palma abierta.


El colapso que tiene nombre propio

Entre los escombros, los ingenieros reconocieron un patrón. Un tipo de falla que tiene nombre técnico y consecuencias aterradoras: el colapso en panqueque.

Imagínalo así: un edificio es, en esencia, una serie de pisos sostenidos por columnas. Cuando las columnas fallan —no se doblan, no ceden lentamente, sino que se quiebran de golpe, de manera frágil— los pisos pierden su soporte en milésimas de segundo. Y caen. Uno sobre otro. Como si alguien hubiera retirado todas las fichas de dominó al mismo tiempo.

Es la forma más letal de falla estructural que existe. Y ocurre, explica De Risi, con mayor frecuencia en edificios viejos, mal detallados, construidos antes de que la ingeniería sísmica moderna entendiera cómo debería comportarse una estructura bajo ese tipo de estrés.

La solución —que los ingenieros llevan décadas aplicando en países con memoria sísmica— se llama diseño por capacidad. El principio es tan elegante como contraintuitivo: no intentes hacer un edificio que no se mueva. Haz uno que se mueva bien. Diseña intencionalmente dónde quieres que ocurra el daño, y asegúrate de que ese daño sea controlado, dúctil, absorbente. Las vigas pueden doblarse. Las columnas, no. «Columna fuerte, viga débil» es el resumen que los estudiantes de ingeniería aprenden de memoria —y que, en Venezuela, no siempre llegó a las obras.


El código existe. El problema es otro.

Aquí viene la parte incómoda.

Los códigos de construcción sísmicos modernos son, según De Risi, herramientas muy efectivas para prevenir exactamente este tipo de colapso catastrófico. No son teoría académica. Son el resultado de décadas de aprendizaje doloroso: cada gran terremoto —México 1985, Kobe 1995, Christchurch 2011, L’Aquila 2009— dejó lecciones que se convirtieron en normas.

El problema, dice el ingeniero con una claridad que duele, es la aplicación. «Un código solo protege a las personas si se aplica correctamente, y si la calidad de la construcción se controla». Un reglamento sin fiscalización es papel. Una norma sin inspección es decoración.

Y luego está el inventario de lo que ya existe. Gran parte de los edificios del mundo —no solo de Venezuela— fueron construidos antes de que estos códigos existieran o se generalizaran. No se puede demoler todo y empezar de cero. Ahí entra el refuerzo sísmico: intervenciones específicas que pueden aumentar la resistencia de un edificio existente, reducir las fuerzas que debe soportar, o en casos críticos —hospitales, plantas de energía, infraestructura estratégica— implementar sistemas de aislación de base, una tecnología que literalmente desconecta el edificio de su cimentación para que el suelo se mueva sin arrastrarlo consigo. Funciona. Ha funcionado en terremotos recientes con resultados que antes parecían imposibles.

Pero requiere inversión. Requiere voluntad política. Requiere que alguien decida que las vidas dentro de esos edificios valen el costo de protegerlas.


Los que no cayeron también cuentan la historia

Hay algo perturbador en las fotografías aéreas de las zonas afectadas: junto a los escombros, hay edificios dañados pero en pie. Fachadas cuarteadas. Estructuras inclinadas. Ventanas reventadas. Pero en pie.

Para un ingeniero, eso no es un fracaso parcial. Es, paradójicamente, una señal de que algo funcionó.

De Risi lo explica con una filosofía que reorganiza la manera en que pensamos el diseño sísmico: el objetivo de un edificio bien construido no es sobrevivir sin daño. Es proteger la vida. Un edificio puede estar diseñado para absorber la energía de un terremoto —literalmente «gastarse» a sí mismo— siempre que permita a sus ocupantes salir con vida. Un edificio gravemente dañado que evacuó a todos sus habitantes ha cumplido su función, aunque después haya que demolerlo.

Esto explica por qué los grandes terremotos siempre van seguidos de demoliciones masivas. No porque los edificios hayan fallado. Sino porque funcionaron exactamente como debían: se sacrificaron para que las personas pudieran escapar.

Lo que ocurrió en Venezuela, en demasiados casos, es que los edificios no tuvieron ese margen de maniobra. No absorbieron energía de manera controlada. Simplemente cedieron.


Lo que viene después del polvo

Las semanas siguientes a un terremoto tienen su propia lógica de urgencia. Los inspectores recorren los edificios dañados con un sistema de etiquetas: verde para habitable, amarillo para uso restringido, rojo para no entrar. Pero una etiqueta roja no significa condena definitiva —significa que el edificio no puede ocuparse hasta una evaluación más profunda. Después viene el análisis detallado: ¿cuánta capacidad estructural queda? ¿El edificio está permanentemente inclinado? ¿El costo de repararlo supera el de reconstruir?

Son preguntas técnicas con respuestas económicas y políticas. Y en un país que ya enfrentaba décadas de deterioro institucional antes del sismo, las respuestas son aún más complejas.

Porque el terremoto no crea la vulnerabilidad. Solo la revela.


Lo que Venezuela nos recuerda a todos

Sería cómodo pensar que esto es un problema venezolano. Que la geografía sísmica, la pobreza estructural, la falta de fiscalización son condiciones únicas de ese contexto.

No lo son.

Hay zonas sísmicas activas en todo el mundo con millones de edificios construidos antes de que existieran los códigos modernos, con sistemas de inspección débiles, con comunidades que no saben —ni tienen por qué saber— si el edificio donde duermen podría convertirse en su tumba la próxima vez que la tierra se mueva.

La diferencia entre un terremoto que mata a 500 personas y uno que mata a 50.000 no es la magnitud. Es lo que estaba construido antes de que llegara.


Y entonces la pregunta es esta: ¿cuántos de nosotros vivimos, trabajamos o llevamos a nuestros hijos a edificios cuya historia sísmica nunca hemos preguntado? ¿Y cuántos gobiernos están respondiendo esa pregunta antes de que el suelo lo haga por ellos?


Fuentes: