¿Dios o el Conejo? La guerra santa que estalló en el medio tiempo del Super Bowl

El pasado domingo 8 de febrero, el mundo se detuvo para observar una liturgia moderna. No hablo de los pases de anotación ni de la estrategia táctica en el césped de la NFL, sino de lo que ocurrió cuando las luces bajaron y un puertorriqueño de lentes oscuros y paso
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El pasado domingo 8 de febrero, el mundo se detuvo para observar una liturgia moderna. No hablo de los pases de anotación ni de la estrategia táctica en el césped de la NFL, sino de lo que ocurrió cuando las luces bajaron y un puertorriqueño de lentes oscuros y paso firme tomó el centro del universo mediático. Benito Antonio Martínez Ocasio, el fenómeno que conocemos como Bad Bunny, no solo cantó en español en el escenario más angloparlante del planeta; ejecutó lo que muchos consideraron un hito de reivindicación latina. Pero, mientras millones celebraban la toma cultural de «América» (la de verdad, la que habla castellano), en los rincones digitales de Costa Rica, otra narrativa empezaba a cocinarse a fuego lento.

No todos vieron arte. No todos vieron cultura. Hanzell Carballo, aquella figura que hace años dominaba las pantallas de VM Latino con una frescura adolescente, hoy observa el mundo a través de un prisma radicalmente distinto. Para ella, lo que ocurrió en ese show de medio tiempo no fue una fiesta, sino una «prédica del Maligno».


El pecado de confiar en el espejo

La crítica de Carballo no se detuvo en la estética o en el ritmo, sino en la médula de un mensaje que, para el ojo desprevenido, suena a empoderamiento de manual. Benito, al cerrar su histórica participación, dejó caer una frase que parece el eslogan de cualquier libro de autoayuda: él no estaría ahí si no hubiera creído en sí mismo.

Ahí es donde la ex-presentadora, ahora volcada a una vida de servicio religioso, detectó la «trampa». Para Carballo, ese mensaje es antropocentrismo puro: la peligrosa idea de colocar al humano en el centro de todas las victorias, desplazando a Dios de su trono.

«Maldito el hombre que confía en el hombre y aparta su corazón del Señor», sentenció Carballo en sus redes, citando la escritura para desmantelar lo que ella define como una religión humanista que nos está «despachando» de la gracia divina.

Es fascinante y, a la vez, aterrador. ¿En qué momento el optimismo se convirtió en una declaración de guerra espiritual? Según la perspectiva de Hanzell, al decir «yo pude», Benito está diciendo «Dios no fue necesario». Es el humanismo clásico enfrentándose al teocentrismo en un ring de millones de dólares. Mientras el puertorriqueño sudaba bajo los reflectores de la final de la NFL, Carballo advertía a sus seguidores que estábamos siendo testigos de un adoctrinamiento silencioso que nos invita a ser, literalmente, «malditos» por el simple hecho de reconocer nuestra propia determinación y recursos.


¿Es el éxito una «prédica» o solo un negocio?

La ironía es exquisita. Por un lado, tenemos a un artista que rompe esquemas lingüísticos y geográficos, utilizando la plataforma más grande del capitalismo para decir que su cultura vale. Por el otro, una voz que nos recuerda que, bajo esa capa de luces y coreografías, hay una batalla por quién se lleva el crédito de nuestra existencia.

Carballo no ve una puesta en escena; ve una estrategia de descolocación. Afirma que el mensaje de Benito es peligroso porque nos hace creer que lo podemos todo con nuestras propias fuerzas, ignorando que es Dios quien da la salud, la fuerza y hasta el último aliento para subir a un escenario.

¿Es Bad Bunny un agente del «antropocentrismo» o simplemente el reflejo de una sociedad que ha decidido que el amor propio es la primera línea de defensa contra un mundo que te quiere invisible? La tensión es real. Lo que para unos fue un «atrevimiento» necesario para dejar claro que América es más que Estados Unidos, para otros fue un ritual donde la gloria se quedó en manos de un mortal con autotune.

Al final, el debate nos deja en un terreno pantanoso. Si creer en uno mismo es «apartar el corazón del Señor», ¿dónde queda la línea entre la fe y la anulación personal? ¿Es posible celebrar un hito histórico sin que se convierta en una falta de respeto a lo divino?

¿Es Bad Bunny un profeta del individualismo moderno o estamos forzando interpretaciones espirituales en un espectáculo que solo busca entretener?


Fuentes para mentes curiosas: