La máquina del tiempo de la exclusividad: ¿Qué pasa cuando la tradición se niega a abrir la puerta?

Autor: X Mae | Publicado: 9 de julio de 2025
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Un club donde las puertas giran, pero solo para unos pocos.



Londres. Siglo XVII. El café, recién llegado, burbujea en tazas humeantes, no en tabernas ruidosas, sino en cafeterías donde las ideas, y el humo del tabaco, se mezclan libremente. Un aire de novedad flotaba, una promesa de conversación y camaradería. ¿Quién podría imaginar que de ese inocente origen nacerían bastiones de la exclusión, templos de una masculinidad que, tres siglos después, sigue resistiéndose a descorrer el velo?


El eco del pasado en la era moderna

El tiempo avanza, pero hay ecos que resuenan con una persistencia asombrosa. Basta mirar el reciente revuelo en el Garrick Club, fundado en 1831, uno de esos legendarios clubes londinenses que, hasta hace poco, se enorgullecía de su membresía exclusivamente masculina. Cuando finalmente cedió a la presión social y decidió admitir mujeres, la noticia corrió como pólvora. ¿Victoria para la igualdad? Quizás. Pero la realidad, como siempre, es más compleja y, francamente, más incómoda. Apenas un puñado de mujeres ha logrado cruzar ese umbral, y la periodista Julie Etchingham, una candidata de alto perfil, optó por retirarse. ¿Por qué? Se habla de un proceso de investigación extenuante y una hostilidad palpable por parte de ciertos miembros. Mientras tanto, el Savile Club votó este mismo año por mantener a las mujeres fuera. Porque, al parecer, las actitudes anquilosadas tienen una resiliencia sorprendente.

Es casi cómico, ¿no? En pleno 2025, mientras debatimos la inteligencia artificial y los viajes interplanetarios, en el corazón de una de las ciudades más cosmopolitas del mundo, persisten burbujas donde el tiempo se detuvo. Londres cuenta con 133 clubes de miembros, superando con creces a su rival más cercano, Nueva York, que solo tiene 53. ¿Cómo es posible que una cultura tan abierta al cambio siga aferrada a estos reductos de la vieja guardia?


La génesis de un fenómeno «peculiarmente británico»

Dr. Seth Alexander Thévoz, autor de «London Clubland: A Companion for the Curious», ha hecho un viaje fascinante por estas instituciones. Él argumenta que, si bien la idea de un club responde a una necesidad humana universal de pertenencia, en el Reino Unido tiene una resonancia especial. Como él mismo le dice a la BBC: «A los británicos siempre les ha gustado la certeza de la membresía en un club, y han estado muy interesados en la cultura asociativa, desde los jóvenes que se unen a los Scouts y Girl Guides, hasta los mayores que se ofrecen como voluntarios en una sociedad de teatro amateur». Una necesidad de certeza y camaradería, ¿o quizás de control y jerarquía?

Todo comenzó con el café. Sí, esa bebida que hoy tomamos sin pensar. En la segunda mitad del siglo XVII, las cafeterías ofrecían una alternativa a las tabernas, un espacio para el discurso y la diversidad. Francis White, un migrante italiano, abrió Mrs White’s Chocolate House en 1693. Pronto, su establecimiento en St James’s Street no solo ofrecía bebidas calientes, sino también un salón de juegos oculto para partidas de cartas ilegales. ¿Quiénes eran los primeros miembros? Aristócratas y hombres de negocios en busca de entretenimiento y, quizás, la discreción que solo un «club de miembros privados» podía ofrecer frente a las autoridades. White’s sigue abierto hoy, y sí, sigue siendo solo para hombres. El mismísimo Rey Carlos, dicen, celebró allí su despedida de soltero antes de casarse con la Princesa Diana en 1981. Tradición, o ¿complicidad?


De guaridas de juego a epicentros de poder

Durante la era georgiana, muchos clubes nacieron de esta manera: casas de juego disfrazadas. Con el tiempo, la demanda de comida y entretenimiento de la aristocracia transformó estos lugares, y profesionales de la hostelería tomaron las riendas. Clubs como Brooks’s (fundado en 1764) y Boodle’s (1762), con su icónica ventana salediza, sobreviven hasta hoy. En esa época, no eran tanto centros de debate político, sino más bien lugares para comer, beber y confraternizar.

El verdadero auge llegó en el siglo XIX. De una docena a principios de siglo, pasaron a ser 400 al final. Los clubes se volvieron menos «relajados» y más acordes con la nueva moral victoriana de la propiedad. Y aquí es donde la trama se espesa: se convirtieron en el corazón de la política británica. El Carlton Club, bastión conservador fundado en 1832, era un hervidero de chismes e intrigas. El Duque de Wellington, un ex miembro, incluso aconsejó en su lecho de muerte: «Nunca escribas una carta a tu amante y nunca te unas al Carlton Club.» El Reform Club, establecido en 1836, fue un centro para Whigs y Radicales. Incluso Jules Verne lo inmortalizó en «La vuelta al mundo en ochenta días».

Cuando un incendio destruyó el Parlamento en 1834, los clubes asumieron muchas funciones gubernamentales. El nuevo Palacio de Westminster se modeló a su imagen y semejanza, con salas de té, fumaderos y bibliotecas. Charles Dickens, en 1864, no dudó en llamar a la Cámara de los Comunes «el mejor club de Londres».


¿Una mujer en el club? La lucha eterna

La ironía es que, mientras los hombres se atrincheraban en sus santuarios, surgían espacios para las mujeres. El Albemarle Club, fundado en 1874, fue uno de los primeros en admitir a ambos sexos y se asoció con el incipiente movimiento por los derechos de la mujer. Fue allí donde Oscar Wilde fue confrontado por el Marqués de Queensbury, un incidente que desencadenaría su desafortunado juicio.

La realeza también ha sido una presencia constante. El Príncipe de Gales, más tarde Rey Eduardo VII, cansado de los chismes sobre sus amoríos en White’s, fundó su propio club, el Marlborough Club, en 1869. Él mismo seleccionó a los 400 miembros iniciales, manteniendo el poder de veto sobre cualquiera que no fuera de su agrado. ¿Un monarca huyendo de la chismografía para fundar un nuevo club? Los niveles de elitismo son, cuanto menos, asombrosos.

A principios del siglo XX, los clubes seguían siendo una fuente inagotable para la ficción. Ian Fleming se inspiró en Boodle’s para el club Blade’s de James Bond, y Evelyn Waugh se basó en Pratt’s para Bratt’s en «Retorno a Brideshead». Y aquí viene otro giro: en 2023, el conservador Pratt’s sorprendió a muchos al admitir mujeres por primera vez. Una pequeña fisura en el muro, ¿o solo una grieta cosmética?


¿Declive y renacimiento? La reinvención constante

Durante el siglo XX, nueve de cada diez de estos venerables clubes cerraron. Un cambio en las costumbres sociales, la disminución de miembros y el aumento de las cuotas contribuyeron a su declive. Solo aquellos con una identidad muy fuerte lograron sobrevivir, como los militares, los actores o los entusiastas de las carreras de caballos. De los muchos clubes femeninos históricos en Londres, solo uno, el University Women’s Club, sigue en pie.

Pero, como un fénix peculiarmente británico, los clubes han experimentado un renacimiento moderno. En 1963, Mark Birley abrió Annabel’s, un club nocturno exclusivo que atrajo a la élite, incluso a la Reina Isabel II. Sin embargo, el verdadero cambio llegó en 1985 con el Groucho Club, la antítesis de los viejos clubes de caballeros. Un espacio mixto, donde la admisión se basaba en el logro, no en el estatus social. Su nombre, un guiño a la famosa frase de Groucho Marx («Nunca querría pertenecer a un club que me aceptara como miembro»), ya lo decía todo. Stephen Fry, de hecho, escribió su libro de reglas original.

El escritor Auberon Waugh, con Victoria Glendinning, fundó el Academy Club también en 1985, para desafiar lo que él veía como una «camarilla de aburridos y patanes» que dominaban los clubes tradicionales. Estos nuevos clubes, más inclusivos y orientados a la meritocracia, han sabido atraer a una nueva generación. La ironía es que, si bien la membresía en los clubes más antiguos podía tardar décadas, hoy en día, en lugares como el Hurlingham, que se asemeja a un club de campo estadounidense, se pueden esperar tiempos de espera similares, con prioridad para los familiares directos de los miembros existentes.


El futuro de la exclusividad

En el siglo XXI, los clubes propietarios dominan el panorama, siendo Soho House el ejemplo más prominente. Una operación internacional multimillonaria, con docenas de ubicaciones, que incluye lugares donde, según los rumores, Harry y Meghan tuvieron su primera cita. Una señal de que los clubes, en constante metamorfosis, seguirán siendo una característica de la vida londinense, un reflejo del interés perdurable de sus ciudadanos por la conversación, la comida y la bebida en entornos que, de alguna manera, pueden llamar propios.

Pero la controversia persiste. La última noticia sobre el Garrick es que aquellos miembros que se oponían a la entrada de mujeres, incluida Etchingham, han formado un grupo de WhatsApp. ¿Su nombre? «Status Quo», por supuesto.

Y entonces, te pregunto: ¿Realmente creemos que la tradición debe ser un escudo inquebrantable, incluso cuando se erige sobre los cimientos de la exclusión?


Fuentes