🔥 ¿Por qué un filme francés tan salvaje que fue prohibido ahora se considera visionario?

Autor: X Mae | Publicado: 8 de julio de 2025
Baise-moi Movie
Baise-moi: el filme que desató pánico moral con sexo real, violencia sin remordimientos y un grito feminista que muchos prefirieron censurar antes que comprender.



A veces la moral pública se quiebra por un simple metraje. En mayo del año 2000, cuando Baise-moi se estrenó en Cannes, ni Virginie Despentes ni Coralie Trinh Thi imaginaban que verían a espectadores huyendo de la sala con la misma prisa con la que sus dos protagonistas abandonan un cadáver. Otros se quedaron, inmóviles, con camisetas que proclamaban su solidaridad con un manifiesto cinematográfico que parecía un balazo dirigido a la cara del patriarcado francés.

Pero ¿quién podría adivinar que 25 años después, este thriller obsceno, malencarado y tan explícito que se vendía solo en sex shops, estaría siendo revalorizado por críticos que antes lo llamaron “adolescente” o “moralmente indigente”? ¿Cuándo el vómito de furia se convierte en documento cultural? ¿Dónde se traza la frontera entre el arte y la provocación gratuita?

Porque Baise-moi—tradúzcalo sin pudor: “Fóllame”—no nació con vocación de gustar. Nació como un ajuste de cuentas: dos mujeres violadas por hombres ordinarios que deciden devolver violencia por violencia mientras se pierden en un road trip de cocaína, sexo real filmado sin simulaciones y asesinatos tan verosímiles que la censura creyó necesario proteger al buen ciudadano. No es la historia de un heroísmo sofisticado: es un exabrupto sin redención.

¿Y qué esperaban? Despentes, que a los 17 sobrevivió su propia agresión sexual, entendió antes que muchos que la rabia femenina no vendría envuelta en mensajes edificantes. Con el tiempo, Baise-moi encontró su lugar en la “French New Extremity”, esa camada de películas que entre los 90 y los 2000 mezclaron erotismo explícito, nihilismo y un desprecio calculado por la complacencia: Romance, Irreversible, Trouble Every Day. No fue la única, pero fue la más ruidosa.

El método: un presupuesto de micro-productora porno, cámara al hombro, dos actrices (Karen Lancaume y Rafaëla Anderson) procedentes del cine adulto, y una voluntad punk de dinamitar la mirada masculina. Y aunque en su día la izquierda criticó su presunta hipocresía mientras la derecha la prohibía por obscena, la película resistió. ¿Por qué? Quizá porque donde otros road movies como Thelma & Louise ofrecían un alivio romántico antes del precipicio, Baise-moi solo brindaba caos y sudor.

Para Coralie Trinh Thi, fue un disparate que cambió su vida: “Jamás pensé que acabaríamos en el telediario. Era una película para un público underground, no un objeto de escándalo nacional.” Pero el escándalo llegó y, paradójicamente, catapultó el filme a la curiosidad colectiva. Una curiosidad que, tras el auge del #MeToo, se transformó en relectura: ¿y si este vómito estético no era solo un exhibicionismo, sino un presagio de lo que vendría?

Hoy, cuando el cine se obsesiona con la corrección, la película parece incluso más incómoda que entonces. No hay coordinadores de intimidad, ni mensajes reconciliadores, ni redención que pueda tranquilizar la conciencia. Solo dos mujeres hartas de ser víctimas que decidieron no pedir disculpas por nada, ni siquiera por disfrutar.

¿Y si su mayor herejía no fue la violencia, sino la ausencia de culpa? ¿Si el verdadero motivo por el que Baise-moi fue vilipendiada era que mostraba a mujeres ejerciendo poder absoluto sobre sus cuerpos, sobre sus armas y sobre sus narrativas, sin pedir permiso?

Al fin y al cabo, si sus protagonistas hubieran sido dos hombres, ¿alguien habría armado tanto alboroto?

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