Eran las cinco de la mañana en Berlín cuando Robert Habeck, ministro de Economía de Alemania, recibió la noticia. No era una sorpresa, pero sí una declaración de guerra comercial disfrazada de política económica. Donald Trump, en su inagotable cruzada por «hacer a América grande otra vez», había decidido imponer un arancel del 25% a los automóviles importados, una medida que no solo golpeaba a Alemania, sino al corazón industrial de Europa. Habeck no dudó en responder: «No cederemos».
Pero, ¿quién pierde realmente en esta batalla?
El gigante que tropieza con su propio pie
Trump justifica estos aranceles con una idea tan simple como peligrosa: si los autos se fabrican en Estados Unidos, no habrá impuestos. La lógica parece impecable, pero oculta un problema estructural: el mundo ya no gira alrededor de una sola nación.
Más de la mitad de los automóviles vendidos en EE.UU. provienen del extranjero. Solo en 2024, el país importó 8 millones de autos, con un valor de 240 mil millones de dólares. Alemania, Japón, Canadá y México lideran la lista de países exportadores. En otras palabras, este arancel no solo castiga a los fabricantes foráneos, sino también a los consumidores y empresas estadounidenses.
Las acciones de General Motors cayeron un 7%, y Ford también sufrió pérdidas. Mientras tanto, Hyundai anunció que invertiría 21 mil millones de dólares en una nueva planta en Louisiana. ¿Una victoria para Trump? Tal vez a corto plazo, pero a largo plazo, la confianza en EE.UU. como mercado estable está en juego.
Europa no baja la cabeza
La respuesta de Alemania y Francia fue contundente: si EE.UU. impone aranceles, Europa responderá con la misma dureza. Emmanuel Macron llamó la medida «una pérdida de tiempo» y advirtió sobre la inflación y la destrucción de empleos. En Canadá, el primer ministro Mark Carney la consideró «un ataque directo».
China, el titán que nunca duerme, también entró al ring. Señalaron a Trump como violador de las reglas de la Organización Mundial del Comercio y dejaron claro que un conflicto económico con ellos no sería fácil de ganar.
¿Y los ciudadanos?
El estadounidense promedio, el que conduce su Toyota Camry o su BMW ensamblado en Carolina del Sur, pronto sentirá los efectos de esta «guerra patriótica». Los costos de los autos podrían subir entre 4.000 y 10.000 dólares. La inflación hará lo suyo, y el «Sueño Americano» será, una vez más, un lujo al alcance de unos pocos.
Mientras Trump proclama que los aranceles «funcionan fuertemente», la realidad es que su estrategia no solo aísla a EE.UU., sino que también lo debilita. Alemania no se rinde, Europa se fortalece y el mundo observa cómo la primera potencia del siglo XX lucha por no perder su relevancia en el siglo XXI.
¿Realmente están ganando la guerra o simplemente están firmando su propia sentencia de marginalización económica? Esa es la pregunta que cada estadounidense debería hacerse antes de celebrar «victorias» que podrían convertirse en su mayor derrota.
Autor: X Mae
Fuente: BBC